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Publicado originalmente en inglés: “Sedition in Catalonia – Part 2: Nationalism vs cultural diversity”. Miguel Otero

Se afirma a menudo que el desencadenante de la reciente ola independentista fue el rechazo en 2010 por parte del Tribunal Constitucional de algunos de los artículos clave en el nuevo Estatuto catalán de 2006, que fue posteriormente aprobado con el apoyo de dos tercios del Parlamento catalán, por el Parlamento español por mayoría absoluta (aunque, muy notablemente, sin el respaldo del conservador Partido Popular, PP), y ratificado por el rey de España, jefe del Estado. Sin embargo, como explica Víctor Saura, las manifestaciones del 11 de septiembre —la Diada, el día nacional de Cataluña, escaparate de la capacidad de movilización del movimiento independentista—en 2010 y 2011 fueron muy pequeñas. Solo a partir de 2012 pasaron a ser masivas, congregando en torno a un millón de personas.

Esto demuestra dos cosas. El rechazo por parte del Tribunal Constitucional de algunos de los aspectos clave del Estatuto catalán de 2006, especialmente de aquellos que se centraban en lograr una mayor autonomía para el sistema judicial, no era tan despropocionado. Sí, fue algo que indignó y radicalizó a los independentistas más convencidos, pero no al público en general (como mi colega Ignacio Molina y yo hemos explicado en otro sitio, es importante recalcar que en Cataluña siempre los votantes se han dividod en tres tercios: un tercio pro-independencia, un tercio de unionistas españoles y un tercio neutral, que hablaban tanto español como catalán y no se significaba ni en un sentido ni en otro. Estos son los que ahora se han desplazado hacia los extremos).

Legalmente, e incluso políticamente, la aprobación del nuevo Estatuto catalán de 2006 fue controvertida. La Constitución española incorpora un alto grado de flexibilidad en lo tocante a la negociación de la distribución de competencias entre el gobierno central y las regiones autónomas, pero tiene sus límites. Y, según el Tribunal Constitucional español, el Estatuto catalán traspasó algunos de estos límites. Eso, en cuanto a la faceta legal. En lo referente a los aspectos políticos, como explican César Colino y José A. Olmeda, el Estatuto intentó modificar la Constitución española por la puerta de atrás para evitar el bloqueo del PP. Sin embargo —para que perdurase— parece lógico que cualquier cambio en la Constitución española deba contar con el respaldo de los principales partidos de España: el partido socialista, PSOE, y el conservador, PP.

Así pues, si el rechazo en 2010 del Estatuto catalán por parte del Tribunal Constitucional no fue realmente lo que desencadenó el apoyo masivo a la independencia, ¿qué fue lo que lo hizo? El Instituto Elcano publicó un dosier que explicaba varias de las razones (el asunto es complejo) pero, según Saura, y la tesis parece plausible, la más importante fue la crisis económica y el descontento con las medidas de austeridad se que adoptaron para combatirla (recordemos que el movimiento del 15M nació en la primavera de 2011), que convencieron al entonces presidente de Cataluña, Artur Mas, para sumarse a la causa de la independencia para permanecer en el poder. Sí, enfrentado a una recesión y a la proliferación de escándalos de corrupción en su partido, CiU, Mas usó un viejo truco: cuando hay descontento en casa, se recurre a la carta del nacionalismo y se desvía la ira y la frustración hacia un enemigo externo. En este caso, el gobierno del PP de Rajoy, que llegó al poder a finales de 2011, y a partir de 2012 introdujo medidas de austeridad en toda España.

El PP es un blanco relativamente fácil para la propaganda independentista en Cataluña. La mayoría de los catalanes lo considera una fuerza política externa, como sucede con los tories en Escocia. Tiene un apoyo escaso, y puede por lo tanto presentarse como un agente extraño que oprime y extrae. Esto conduce a generalizaciones como «España nos roba»; nosotros somos los catalanes, los trabajadores, y los andaluces del sur son «vagos y derrochan nuestro dinero». Para mucha gente, el PP tampoco ha sido capaz de modernizarse. Hasta ahora, no ha celebrado primarias internas (algo inusual para un partido político en la Europa occidental), por lo que es fácil presentarlo como un partido de la vieja guardia, anticuado y jerárquico, y por ende considerar al actual gabinete de Rajoy como un gobierno autoritario y franquista (un insulto para las víctimas de Franco, dicho sea de paso; Rajoy dista de ser autoritario) que no respeta los derechos humanos básicos, como el de autodeterminación, o su equivalente catalán, el derecho a decidir su futuro.

Ciertamente, mucha gente en el PP y buena parte de las élites en Madrid y otros lugares de España (especialmente al sur de los ríos Ebro y Duero) no entienden la diversidad cultural e incluso nacional que existe en España. Cuando les explico que yo hablo gallego en casa a menudo me miran raro. Parece como si dudasen de mi adhesión a España. Supongo que si uno es de Castilla, Madrid o Andalucía, hablar otro idioma de España distinto del español parece extraño. Uno cree que todo el mundo habla español en casa. Esta diferencia se ve con sorpresa, y en ocasiones con sospecha, aunque no debería ser así. Como señalan muchos observadores y visitantes extranjeros, todos los españoles deberían abrazar la diversidad cultural de su país. Deberían aceptar que España tiene cuatro idiomas oficiales: español, catalán, vasco y gallego.

Es lo que sucede sin duda en Suiza. Cada cantón posee su propio dialecto. La gente de Basilea habla baseldütsch; la de Zúrich, züridütsch; los habitantes de Ginebra, francés de Suiza; y los de Lugano, italiano de Suiza (que son todos idiomas distintos). ¿Qué problema hay? ¿Son menos suizos por ello? ¡NO! ¿Son menos cosmopolitanos porque hablan un idioma que solo tiene unos pocos cientos de miles de hablantes? ¡NO!

Hay gente en España que cree que enseñar en catalán en los colegios de Cataluña ha creado demasiados independentistas. Las evidencias de ello son escasas. Como argumenta María José Hierro, la mayor parte del adoctrinamiento tiene lugar en los hogares. Si los padres son nacionalistas, es más probable que envíen a sus hijos a una escuela catalanista, y por tanto más probable que estos acaben siendo nacionalistas. Cuanto más diversos son el vecindario y la escuela, menos probable es que los niños se hagan nacionalistas. Esta es la razón por la que Barcelona, con muchos más inmigrantes de España y del extranjero, es mucho menos nacionalista que las zonas rurales de Cataluña. De nuevo, véase el dosier de Elcano al respecto.

El principio básico debería ser que el profesor o profesora debería impartir clase en su propia lengua. Yo aprendí matemáticas, geografía e historia en baseldütsch, no en alto alemán. Esto no supuso ningún problema. Hablar y aprender en distintos idiomas es de hecho ventajoso: ayuda al cerebro del alumno a pasar rápidamente de un idioma al otro. El problema es cuando se discrimina uno de los idiomas oficiales (cuando solo se contrata a profesores que hablen catalán, por ejemplo), o cuando se les empieza a decir a los niños que «España nos roba» o que «somos mejores que ellos». Es entonces cuando la cuestión pasa a ser preocupante. Cataluña es una región asombrosa. Siempre ha sido la región más internacional y moderna de España. De hecho, ha contribuido a la modernización de España. Hoy en día, en torno al 25 % de todas las exportaciones españolas tienen como origen Cataluña, y, de todas las empresas exportadoras españolas, un tercio son catalanas. Eso lo dice todo. [Evidentemente, esta situación ha cambiado ahora que más de 2000 de las mayores empresas catalanas han trasladado su sede al resto de España. En cierta manera, reproduce lo que sucedió en Canadá en los años noventa cuando, debido a la incertidumbre legal provocada por el referéndum en Quebec, las empresas se trasladaron de Montreal a Toronto.]

Sin embargo, como sucede con Gran Bretaña respecto de la UE, gran parte de este éxito se debe al hecho de formar parte de un mercado único más amplio, el mercado español, y esto es algo que no se recalca lo suficiente. Por el contrario, muchos ingleses y catalanes sufren del mismo mal: debido a su pasado relativamente glorioso (lo cual es un hecho), muchos creen que son mejores que sus vecinos. Los ingleses respecto a sus vecinos europeos (y también respecto a los escoceses, galeses e irlandeses, todo sea dicho), y los catalanes cuando se comparan con sus compatriotas españoles. Esta sensación de superioridad hace que se encuentren incómodos en una comunidad política más amplia. No les gusta ser simplemente un miembro más del club. Les gustaría dirigir el club, y, si no pueden hacerlo, se frustran y quieren abandonarlo. Hay una palabra que describe esto: nacionalismo. Nacionalismo basado en un supremacismo que conduce a la exclusión.

Una periodista extranjera me preguntó [recientemente] si la catalana era una cuestión exclusivamente de dinero, que si Cataluña fuera pobre nunca querría ser independiente. En cierto sentido, estaba en lo cierto. Los independentistas catalanes no son los zapatistas de Europa, eso está muy claro. De hecho, como ha descubierto Kiko Llaneras, son las personas acomodadas y con apellidos catalanes quienes apoyan la independencia, no la clase trabajadora con apellidos españoles. Por eso es extraño que tanta gente de izquierdas apoye la independencia de Cataluña. Están apoyando un movimiento que es en gran medida egoísta y supremacista, y que da muestras de muy poca solidaridad con la comunidad más amplia. Esto es muy distinto del independentismo escocés (una vez más, véase el dosier de Elcano). Recuerdo un día hace algunos años en Bruselas, que, en una de las cenas organizadas por CEPS (el think tank), me senté junto a un ejecutivo alemán de una gran empresa alemana, que me contó que estaban pensando trasladar su sede de Barcelona a Madrid. «Con todo este disparate nacionalista, Barcelona se está volviendo más pueblerina, más encerrada en sí misma», me dijo.

Yo he sentido lo mismo, y algunos académicos que han vivido años en Cataluña, como Rafael Jimenez Asensio, también. Hasta hace unos diez años, Barcelona parecía y se sentía mucho más internacional y cosmopolita que Madrid. Ahora, la brecha se ha reducido. Madrid es tan vibrante, multicultural y rica como Barcelona. De hecho, la renta media per cápita en Madrid es de 36.400 euros, mientras que en Barcelona es de 34.600 euros. Gracias a un régimen fiscal laxo y a la centralidad de la capital, Madrid ha atraído a muchas empresas a lo largo de la última década. Esto ha acrecentado la sensación de agravio en Barcelona. Existe la sensación de que el Gobierno central tiene particular interés en apoyar a Madrid, y no tanto en mejorar las infrastructuras de Barcelona. Si nos fijamos en el periodo que va de 1980 a 2016, como ha hecho Daniel Fuentes, de las cuatro regiones españolas más prósperas (Madrid, País Vasco, Navarra y Cataluña), Cataluña fue la única cuya renta per cápita aumentó menos que la media española. Cabe preguntarse por qué. Yo no creo que sea culpa de Madrid.

Para mucha gente en Cataluña, esta situación es injusta. Con más de seis millones de habitantes, Madrid se ha convertido en la tercera área metropolitana más grande de Europa (tras Londres y París) gracias al apoyo del Estado español. Como señala acertadamente Jacint Jordana, esto ha ayudado a que la capital española acumule y absorba gran cantidad de recursos, riqueza, talento y, por supuesto, poder. Todo lo cual ha hecho que muchos catalanes se den cuenta de que, si uno quiere tener influencia y poder en Europa, deber ser un estado-nación. Lo cual proporciona un lugar en las altas esferas de Bruselas. Y un comisario europeo. Cataluña, Barcelona, carece de ello, y por lo tanto está quedando rezagada. La obsesión con lograr la independencia se debe en parte a este deseo, una aspiración que aglutina a personas con agendas y procedencias muy diversas.