Foto: Patrick Hendry

Publicado originalmente en alemán: “Carles Puigdemont: Verklärter Rebell” . Die Zeit.

11 de abril 2018

El separatista catalán está causando un grave daño a su país. ¿Por qué está siendo idealizado entonces en Alemania?

Resulta chocante cómo Alemania está cayendo rendida ante el extravagante encanto del separatista catalán Carles Puigdemont. El ex presidente regional, que fue arrestado por la policía alemana y estuvo durante unos días en régimen de prisión a efectos de extradición, es puesto en libertad condicional por el Tribunal Regional Superior de Schleswig – e, inmediatamente, la ministra de Justicia alemana Katarina Barley exige: “Ahora también habrá que hablar sobre los componentes políticos de este asunto”.

El jefe de los Verdes, Robert Habeck, ofreció incluso que el Estado federado de Schleswig-Holstein mediase en el conflicto entre Madrid y los separatistas. Al fin y al cabo, este land, situado entre el Mar del Norte y el Báltico, ha aprendido cómo superar “el sufrimiento, la muerte y el odio” entre alemanes y daneses. Cuando Puigdemont compareció públicamente en Berlín después de su puesta en libertad, fue alabado como un rebelde manso, mientras que sus acompañantes fueron denominados como “políticos catalanes en el exilio”, como si España fuese una dictadura.

Todo esto podría ser ignorado como mera sabiondez o como un impulso irrefrenable de idealizar a un presunto desaventajado. Pero el asunto es más serio de lo que parece. Alemania se arriesga a acabar involucrada en un conflicto altamente explosivo, para España y para el conjunto de la UE.

Empecemos por el lado opuesto, con Mariano Rajoy. Sin duda, el jefe del Gobierno conservador ha desatendido la tarea de lanzarle a tiempo a los catalanes la señal de que toma en serio sus deseos de más autonomía. No ha entendido que la política también consiste en símbolos, gestos y palabras bienintencionadas. Pero, en esencia, ha hecho lo que cualquier primer ministro europeo haría o debe hacer: ha defendido la Constitución y la democracia frente a Puigdemont y sus seguidores.

En otoño del año pasado, los separatistas violaron intencionadamente la Constitución española celebrando el así llamado referéndum sobre la independencia de Cataluña. Dañaron deliberadamente las instituciones de la democracia española y pusieron en peligro la paz social en el país. Rajoy no pudo hacer otra cosa que ponerles trabas.

Las constituciones no son artículos yermos, sino que definen las reglas básicas de una comunidad y hacen posible que sus ciudadanos se desenvuelvan en libertad. La Constitución  española es, en este sentido, un buen ejemplo. Fue aprobada en 1978, tras casi cuatro décadas de dictadura, y allanó el camino para que España entrara en el círculo de Estados democráticos.

La Constitución que Puigdemont ha violado es la historia de un éxito. A los catalanes nunca les ha ido tan bien como hoy, en parte también gracias a esa Constitución. No son un pueblo reprimido y Puigdemont no es un perseguido político. Aunque las reacciones de la justicia española ante los separatistas sean excesivamente duras, eso no cambia que España es un Estado de derecho y una democracia parlamentaria consolidada.

Está por ver si Puigdemont es un soñador o un fanático, pero en todo caso ha causado un gran daño, sobre todo a su propia región. Ha provocado una profunda división entre los catalanes. Desde el momento en que asumió su cargo, él y sus aliados han impulsado la separación de España con una encarnizada pasión, pero en contra de la voluntad expresa de la mitad de los catalanes, en contra de la Constitución y en contra de toda sensatez política. Puigdemont ha instalado un detonante cuyas olas expansivas pueden llegar mucho más allá de las fronteras de España. Su proyecto es diametralmente opuesto al de la unidad europea. Puigdemont es un divisor nacionalista.

Y si ahora hace un llamamiento al diálogo en Berlín, esto de momento no son más que palabras vacías. Es inequívoco que Puigdemont apuesta por el factor tiempo. Intentará proseguir su gira por las capitales de Europa hasta que logre su objetivo: internacionalizar el conflicto con el Gobierno de España. Pero Alemania no debe permitirlo. El conflicto en torno a Cataluña es un asunto interno español.

¿Por qué ha cuajado el plan de Puigdemont precisamente en nuestro país? ¿Por qué en su caso particular se pasa por alto el nacionalismo o se hace todo lo posible por acallarlo? ¿Por qué se le da un barniz de romanticismo cuando, en lo fundamental, no habla de otro modo que el húngaro Viktor Orbán o el polaco Jaroslaw Kaczynski?

Porque, según parece, la figura de Puigdemoint toca un anhelo alemán extendido en todo los campos de la polítia: en ansia de rebelión, de una rebelión sin sentido. Se trata del deseo del hombre de bien de poder ser, alguna vez, también un incendiario.