Original autor: Grad Student in USA.

Mañana [1 de octubre], el gobierno de Cataluña intentará organizar un referéndum para declarar unilateralmente la secesión del resto de España. El gobierno central se ha opuesto a este proceso, también la mayor parte de la población española. La gente en Cataluña también está dividida, pero a estas alturas es incierto hasta qué punto. Quizás hayas visto imágenes perturbadoras en la televisión, con arrestos policiales. Algunos han sugerido que la democracia puede estar en peligro. Aunque el grado de tensión es ciertamente muy intenso, yo no creo que sea el caso. Sí creo, no obstante, que este es el síntoma de una larga serie de problemas y de un proceso que ha durado décadas. Hasta ahora, he evitado discutir sobre esto, especialmente en público. Creo que así lo han hecho también muchos otros como yo. Lo que sigue a continuación es mi relato personal sobre cómo hemos llegado hasta donde hemos llegado y cómo veo las cosas. No lo he releído, quizás tenga errores gramaticales. No importa.

Ni siquiera recuerdo cómo empezó todo. Seguramente mis memorias están influenciadas por esta narrativa imprecisa, ni siquiera históricamente, pero este es el relato de como yo lo he vivido.

Al principio, hace unos 15 años, la idea de que España es un país plurinacional era popular en mi entorno, y debía organizarse en un sistema federal para acomodar estas diferencias. ‘Federal’ sonaba moderno, como América o Alemania. Era una idea cool. Yo jugueteé con ella antes de acceder a la universidad.

Incluso entonces, quizás por mi educación francófila, me resultaba instintivamente sospechoso que un país de tamaño medio como España debiera tratar a sus ciudadanos de forma distinta en base a su identidad o rasgos culturales. Veía la ciudadanía como algo basado en la ley y la participación política, y no entendía que el acceso a derechos sociales y de ciudadanía básicos debiera definirse por la identidad individual o las emociones personales. La idea de la ciudadanía basada en la pertenencia cultural es una de la que siempre he sospechado a nivel normativo, especialmente porque siempre he percibido que este tipo de valores post-materialistas venían de una élite en lugar de servir a gente de orígenes humildes. Y nunca he sentido que las regiones más ricas y prósperas de mi país estuvieran realmente en una situación de opresión. Inevitablemente, los derechos basados en la identidad siempre venían acompañados de intereses materiales, como poner límites a la redistribución hacia otras regiones y la limitación de la influencia del gobierno democrático central a nivel local. En general, mi fuerte creencia en la igualdad republicana de raíz jacobina me ha impedido simpatizar con todas estas ideas.

Tampoco me he sentido nunca de ningún modo atraído por la idea de España como entidad nacional. Quizás como las élites más educadas y progresistas de mi país, y de forma similar a lo que ha empujado a los catalanes en la dirección nacionalista, nunca sentí que hubiera mucho por lo que enorgullecerse de España. Recuerdo la primera vez que sentí algo parecido a ‘orgullo nacional’. Fue cuando el gobierno socialista aprobó, contra una ruidosa minoría, la ley que legalizó el matrimonio homosexual. Fue un sentimiento extraño, porque era muy nuevo. Las cosas han cambiado mucho desde entonces, pero en aquel momento, hace solo 15 años, en Occidente, muchas actitudes que bajo los estándares actuales se verían abiertamente como sexistas u homofóbicas eran vistas entonces como políticamente legítimas. España fue pionera en la regulación del matrimonio homosexual con igualdad plena de derechos a las uniones heterosexuales. Y por primera vez sentí que mi país estaba en la vanguardia del progreso social.

Por un tiempo, el ‘problema’ del nacionalismo en Cataluña fue un debate sobre la mejor manera de organizar el Estado. Había espacio para conversaciones civilizadas. Yo disfrutaba discutiendo en mis círculos en favor de lo que entonces era una visión muy minoritaria: que más autogobierno no era necesariamente una mejora hacia valores progresistas. Creía, y aún creo, que la preocupación por la igualdad entraba en tensión con la gestión descentralizada de los servicios públicos. La oposición a las transferencias competenciales era algo normalmente solo apoyado desde el nacionalismo español por gentes conservadoras. Pero generalmente nadie lo defendía en por motivos de justicia social o igualdad material. Desde entonces he cambiado de opinión sobre este asunto, varias veces. En algún momento llegué a aceptar que las desigualdades generadas por el gobierno descentralizado eran probablemente menores y que constituían un coste aceptable dada la cantidad de gente que daba importancia a su ‘identidad nacional’. Estaba dispuesto a aceptar que mantener un buen entorno para la economía y los negocios era necesario y que, junto con la libertad individual, esto implicaba algunos límites sobre una redistribución igualitaria. Así pues, ¿por qué no aceptar este término medio en nombre de la convivencia?

Después hubo conflicto, no recuerdo quién lo empezó. Dos partidos que defendían posiciones cercanas a la mía sobre este asunto aparecieron en escena, pero su fervor alrededor de este asunto siempre me hizo tener cautela de ellos. Sospechaba que detrás de la llamada a la igualdad había sentimientos ocultos contra los otros, incluso cierto tipo de catalanofobia, con frecuencia burdos estereotipos. Estos venían de gente cuya actitud y carácter político siempre había sentido alejados de mí en términos generales. Nunca encontré creíble el fervor por el estado de derecho o la igualdad que exhibía el partido conservador de mi país, siempre pareció nacionalismo disfrazado. Muchas de las cosas que decían eran exageraciones. Simplemente no sentía que pudiera estar en el mismo barco. De forma similar, en el otro lado, la gente empezó a sentirse ofendida, y calificaban a los conservadores españoles con toda suerte de igualmente exagerados adjetivos. Las dos cosas ocurrieron simultáneamente y yo quedé desencantado. Creo que durante un periodo relativamente largo, incluso años, he evitado por completo debatir el asunto del nacionalismo y la descentralización de España.

Durante un tiempo la situación se estabilizó. Pero entonces la crisis económica golpeó y España tuvo que atravesar uno de los procesos de ajuste más duros del periodo democrático. En aquel momento estaba estudiando economía y comprendí la naturaleza básicamente intertemporal de lo que significa una crisis de balanza de pagos: es un gran shock para el consumo, y por tanto para el bienestar individual. Un exceso de gasto lleva a una deuda externa sustanciosa y una burbuja real que explotó, creando una enorme y repentina restricción del crédito y una gran caída del consumo y la actividad económica. Quizás tuve la fortuna de estar estudiando macroeconomía internacional en aquel momento y fui capaz de comprender que el periodo de ajuste era la consecuencia natural de la falsa sensación de prosperidad creada por la burbuja inmobiliaria. Pero en términos de psicología económica, fue dramático, muchos en España descubrieron que eran mucho más pobres de lo que pensaban. Fue un shock para la variable más fundamental para el bienestar económico: consumo permanente y nivel de vida.

Así, para la mayoría de españoles, que además estaban en una situación económica peor que la mía, al analizar fríamente el tema, las medias de austeridad llevadas a cabo por el gobierno para ajustar la deuda externa fueron vistas como antidemocráticas y causaron un gran rechazo social. En gran parte de España, la gente salió a las calles y acampó como señal de protesta. El mapa político acabó rehaciéndose, con consecuencias de calado para el sistema de partidos.

De pronto, el secesionismo comenzó a dispararse en Cataluña. Si preguntas a gente de Cataluña, la mayoría dirán que es una reacción a la decisión del Tribunal Constitucional de recortar sustancialmente la reforma del estatuto de autonomía de Cataluña. Mi interpretación fue, y todavía es, que la decisión solo supuso una catarsis en este proceso. Igual que la política antiausteridad emergió en el resto de España cristalizando en gente que abandonó los partidos tradicionales, en Cataluña la gente se coordinó sobre la idea de dejar España. Es cierto que la decisión del tribunal marca un antes y un después, claramente visible en los datos, pero bajo mi punto de vista ésta solo fue el catalizador que unificó e hizo cristalizar la hostilidad latente hacia las políticas de la gran recesión en el estado de opinión en Cataluña.

A partir de entonces, la mayor parte de mis amigos y conocidos catalanes, que solían pensar sobre esto de manera completamente comprensible para mí, parecían haberse convertido a lo que una década antes era una visión muy minoritaria: se convirtieron en secesionistas. El cambio fue enorme y se aceleró. Siempre según mis recuerdos, recuerdo que en algún momento el tono del debate comenzó a cambiar. Donde años antes podía realmente debatir con gente sobre la mejor manera de organizar el Estado, ahora la mayoría de las conversaciones sobre el tema terminaban con algo así como “no puedes entender esto porque no eres catalán, esto tiene que ver con sentimientos y vosotros los españoles no lo entendéis”. Se convirtió en algo personal, emocional, las discusiones políticas tornaron en discusiones de pareja.

El lenguaje también comenzó a cambiar. No recuerdo la primera vez que leí en Facebook la idea de que España no puede ser considerada una democracia o de que el gobierno es fascista o de extrema derecha, pero recuerdo verlo como una excentricidad graciosa. Por entonces, había aprendido que la costumbre social de evitar el conflicto personal cuando oía algo estúpido. Porque el desacuerdo perdura más tiempo que la paciencia mutua, normalmente no llamas estúpido a alguien cuando actúa de este modo, también porque, quizás, no tengas razón. Pero de pronto este tipo de afirmaciones se normalizaron. La estructura de las críticas políticas cambió drásticamente: del desacuerdo o de acusar al gobierno de estar equivocado, a decir que eran una banda de fascistas y que quizás el régimen nunca fue democrático. Se perdió el respeto a derechos básicos. Estas afirmaciones se convirtieron en cada vez más frecuentes en España y, en el caso de Cataluña, venían aparejadas con la exigencia de dejar el país para crear uno nuevo.

Me di cuenta sorprendentemente tarde de que en el fondo de esta idea estaba la convicción de que los secesionistas veían a los catalanes de algún modo diferentes a los españoles. En retrospectiva, estas señales estaban ahí desde el principio. Además era natural creerlo: uno no quiere dejar un grupo si siente que es un lugar civilizado y maravilloso en el que vivir. Para mí, esto ha ocurrido a muchos españoles hasta cierto punto. Algunos emigramos fuera de España, un país en el que veíamos poco futuro a nivel de oportunidades, con una tasa de paro del 20% y tasas de pobreza disparándose. Otros, que no tenían o no querían esta posibilidad, abandonaron los partidos tradicionales. Finalmente, otros querían abandonar el barco español definitivamente, la hierba parecía mucho más verde al otro lado. La crisis de expectativas era común, pero nos afectó a cada uno de manera diferente.

Por supuesto, la idea de que los nuevos partidos podían arreglarlo todo se topó con la realidad de la política real. Conforme los nuevos partidos entraron en la arena política, comenzó a hacerse obvio que no eran menos vulnerables al amargo sabor del poder – pactos bajo cuerda, aburridas políticas del día a día, corrupción, compromiso, etc. La raíz de los problemas del país no era la clase política corrupta llena de gente intrínsecamente mala. Los problemas eran de naturaleza económica e institucional. Incluso quizás culturales en algunos aspectos. Por tanto elegir nuevos políticos no traía necesariamente los cambios radicales que muchos habían deseado. Y así mucha gente que solía estar al margen de la política tuvo que aprender su trágica naturaleza por las malas.

Pero mientras que la ilusión de la ‘nueva política’ tuvo que enfrentarse al compromiso y la luchas por el poder moderando las expectativas, nada parecido ocurrió en Cataluña. Los secesionistas culpaban al Gobierno. Los nacionalistas se aglutinaron en contra de la coalición de izquierdas que gobernaba Cataluña, y volvieron al poder. Culparon al gobierno central de las medidas de austeridad que ellos (al igual que muchas otras regiones) debían implementar. Escándalos de corrupción salieron a la luz. Se descubrió que el fundador del moderno partido nacionalista catalán y presidente de la región durante largo tiempo era esencialmente un ladrón, con cuentas en Suiza. También se hizo más o menos evidente que, tal y como era el caso en otras partes de España, el clientelismo campaban por Cataluña. Todo se volvió muy extraño cuando gente que serían mis contrapartes naturales en Cataluña, gente que yo percibía como muy cercana a mí a muchos niveles (demográfico, ideológico, etc) comenzó a apoyar extrañamente al partido conservador democristiano.

Aún hoy recuerdo la primera vez que vi a uno de mis amigos progresistas defender al antiguo presidente de Cataluña de los cargos de evasión de impuestos con la premisa de que no se trataba de un proceso judicial normal, sino un ataque al movimiento secesionista catalán. Yo, por supuesto, no tenía duda de que el timing podía ser oportunista, pero esto no justificaba, en mi opinión, la defensa de un político corrupto conservador que, casualidad, había gobernado Cataluña durante 20 años apoyado en una red clientelar que garantizaba su hegemonía política. Al contrario que en el resto de España, aquellos que habían gobernado Cataluña durante la mayor parte del periodo democrático no rindieron cuentas por la crisis. Mucha gente antaño crítica con este partido democristiano se convirtieron en acérrimos defensores contra cualquier crítica externa.

En aquel punto, mi opinión sobre el nacionalismo había mutado desde el “argumento de igualdad” explicado arriba, hacia un relato más político. Lo que yo observaba es que con el tiempo los problemas sociales salieron de la agenda política desplazados por el eje nacionalista. Ya por entonces estaba familiarizado con la idea de que en los Estados Unidos las clases obreras estaban separadas por la raza, y la división nacionalista-unionista dentro de Cataluña (que era y se ha mantenido estable alrededor de un 50/50) parecía funcionar de manera parecida bajo mi punto de vista. Encuentro problema de la identidad nacionalista como una herramienta de dominio político y una excusa para evitar la rendición de cuentas.

Claro, el secesionismo funcionaba como el sectarismo en política. Todo se basaba en un mito. Y no estoy siendo condescendiente: todos funcionamos a base de mitos. Mi idea de un futuro brillante fuera de España o la idea común para muchos españoles de la renovación traída por los nuevos partidos también son ideas basadas en mitos. Pero aunque mis propios mitos se desnudaron tan pronto se confrontaron con el mundo real, el mito de la futura prosperidad de Cataluña una vez se liberase de las cadenas de España nunca tuvo que enfrentarse a la realidad. La coalición nacionalista que tomó el poder sobre una exigua mayoría implementó reformas que podrían haberse percibido como igualmente injustas a las reformas adoptadas en el resto de España, pero esquivó la rendición de cuentas apelando al impulso del sentimiento nacionalista. Y la gente adoptó ese mito. Les dio una esperanza que no ha sido desmentida.

Recuerdo cuando un conocido mío publicó un informe que analizaba la percepción de la corrupción en diferentes regiones de España. Cataluña era uno de los lugares donde se percibía un mayor nivel de corrupción. Recuerdo de este informe el enfado de los académicos catalanes de entre mis círculos. Cómicamente, la interpretación no fue que las instituciones catalanas fueran corruptas como las españolas. Esto iba, claro, en contra del núcleo de la visión-mito nacionalista. La interpretación más común entre mis amigos secesionistas es que, ya que el informe se basaba en una encuesta, esto era evidencia de que los catalanes son más sensibles a la corrupción y tienen tendencia a sobreponderar los sobornos y a tener estándares más altos. Esto es plausible por supuesto. Lo que es alarmante es que las concepciones previas sobre su propia cultura impiden a la gente leer una simple evidencia de la manera más directa solo porque el resultado no cabe en su cabeza. Incluso recuerdo que algunos sugirieron que este tipo de investigación no debía discutirse en público, solo en círculos académicos. Si se discutiese en público podría instrumentalizarse en contra de Cataluña y su causa secesionista. Esto es solo un ejemplo de una de muchas situaciones en las que he sentido que la gente a mi alrededor se había vuelto completamente loca, y que el ‘proces’ secesionista (como se le llama) estaba envenenando el entorno político. Pero hay muchos otros y no quiero listarlos todos aquí.

También me costó varios años, después de una visita a Cataluña, darme cuenta de que la política catalana era intrínsecamente heterogénea, y mucho más diversa de lo que parecía desde fuera. Yo, al menos, percibía un país casi unánimemente nacionalista, donde el castellano rara vez se habla. Ambas cosas son falsas. El castellano se habla con frecuencia en la vida diaria, especialmente en ambientes urbanos. Y el bloque nacionalista es solo alrededor de la mitad de la población. Y, a pesar de reajustes en el sistema de partidos, así se ha mantenido. Estas cosas no son obvias porque todo lo que es español en la sociedad catalana no se asocia con Cataluña en la esfera pública. Mi ejemplo favorito es un canal de televisión, Telecinco, que es el más visto en España y también lo es en Cataluña. Es un canal chabacano, asociado a gente menos educada. Me sorprendí cuando vi las estadísticas, ya que lo que yo asociaba a Cataluña y su imagen era el canal de televisión regional que promueve la cultura catalana y que yo siempre había envidiado de niño porque tenía todos mis dibujos animados favoritos.

Me llevó largo tiempo comprender cómo los ejes etnolingüísticos actúan en Cataluña. La primera vez que pensé en ello fue hablando con uno de mis amigos sobre apps para ligar. Estas apps no eran tan mainstream como ahora. La gente de mi generación estaba entre los primeros en tener una conexión a internet decente, y hemos internalizado los peligros asociados con conocer gente a través de internet. Así que pregunté a un amigo sobre los riesgos de tener una cita con una persona completamente desconocida. Su respuesta me sorprendió. Me dijo que la app estaba en catalán y que esto inducía un cierto sesgo selectivo, ya que una buena parte de los que hablan catalán tienden a ser miembros de las clases medias y altas, lo cual aseguraba que no conocería “gente rara”. Quizás sea porque he vivido en una suerte de burbuja social durante buena parte de mi vida que nunca he desarrollado un sentimiento de clase propiamente dicho. Hay muy poca gente entre mis círculos de amigos que no tenga educación superior, la mayoría hablan inglés y tienen al menos las nociones básicas de cómo funcionan las interacciones sociales, así que en aquel momento me chocó una afirmación tan directa.

Con el tiempo he leído algo de sociología, que es por supuesto la más clasista de las disciplinas, y comprendí el rol que la cultura juega en dar forma a las interacciones sociales. Aprendí sobre el emparejamiento selectivo, microagresiones, roles sociales, etc. Y por supuesto comprendí que tendemos a llevarnos mejor con gente de nuestro propio género, raza, clase y, claro, cultura nacional. Aprendí que nuestras redes personales se construyen de acuerdo a estos patrones y cómo los usamos para distinguirnos. Un amigo sociólogo me dijo una vez que Cataluña tenía una cultura de clase media-alta. Y aunque en aquel momento encontré esa idea marxista-excéntrica, me hizo consciente y me acabo convenciendo de que era efectivamente el caso. Esto era un poco taboo. Se lo he expresado recientemente a otros y he encontrado una gran resistencia a discutirlo. Me di cuenta de que mi amor por Cataluña y la cultura catalana estaba en realidad guiado por el hecho de que los símbolos que asociaba con ellas eran en realidad símbolos que encontraba atractivos como individuo de clase alta. Barcelona significaba para mí una ciudad bohemia y cosmopolita, con librerías nerd, arquitectura de Gaudí, muchas mejores tiendas de plumas estilográficas que Madrid, el Liceu (la ópera local), el mejor departamento de economía del país y en general un entorno intelectual más bien progresista. En contraste, asociaba Madrid con taxistas maleducados, un tráfico terrible, una vida cultural pobre y un entorno político reaccionario. Esto no quiere decir que Barcelona no tenga un tráfico horrible o que sus taxistas te pregunten si quieres escuchar a Scarlatti o a Schoenberg cuando te montas. Tan solo significa que no asociamos Barcelona con esas cosas, solo con su lado brillante y cosmopolita.

Es interesante ver cómo las cosas han cambiado sustancialmente en las últimas décadas. Discutía recientemente con un amigo, también de Madrid, que es muy sorprendente que el World Gay Pride se esté celebrando en Madrid, que Madrid se percibe hoy como una ciudad gay-friendly, moderna y vanguardista. Este es un gran contraste con la ciudad en la que crecí, que yo nunca hubiera visto como un entorno seguro para los gays.

Pero me estoy yendo por las ramas. Lo que quería decir es que me costó tiempo comprender que la esfera pública catalana era en realidad bastante burguesa y algo elitista. Y también lo era su entorno en general. No estoy diciendo que otras partes de España, o Madrid en particular, sean desclasados. Pero la naturaleza de este eje es diferente. Es mucho más fácil integrarse, porque no hay un eje étnico. Madrid, por ejemplo, es una ciudad en la que casi cualquiera de mis amigos es de segunda generación de inmigrantes (yo incluido), pero no nos sentimos extraños en absoluto. Por supuesto que la razón por la que me gusta la cultura de Barcelona o la política catalana es porque está dominada por gente como yo: gente que va a la ópera, amantes de las plumas estilográficas, aficionados al rock independiente (no insinúo que me guste este producto cultural, solo que tengo muchos amigos con un gusto musical abominable), hipster (lo mismo), etc. Y claro que me siento identificado con esas cosas que con el aburrido entorno gubernamental de Madrid. Creo que lo mismo les ocurre a muchos extranjeros. Y claro, ese entorno no es realmente representativo de Cataluña, o de Barcelona en su conjunto. Es, de nuevo, un mito, pero uno ampliamente extendido que se ha considerado cierto, especialmente por los no catalanes.

Lo que mucha gente ignora es que, al igual que la mayoría de americanos no son veganos ni se les parecen, y muchos votan por Trump (aunque si paseas por un campus universitario pensarías lo contrario) esta imagen es apenas, si acaso, representativa de la sociedad catalana. La población hispanohablante tiende o bien a quedarse al margen de la esfera pública (en política, en la sociedad), o a leer periódicos diferentes o a pertenecer a grupos típicamente infrarepresentados en la esfera pública. Esta gente era invisible para mí (y para muchos) o bien no se les asociaba con la catalanidad. De ahí mi impresión de que el secesionismo se hubiera convertido en un sentimiento cuasi unánime.

Recientemente me he interesado particularmente por el tema de la segregación social en Cataluña. Un reciente estudio de dos economistas utilizó apellidos para estudiar cómo ser Catalán o tener orígenes catalanes tiene correlación con patrones sociales. https://academic.oup.com/restud/article-abstract/82/2/693/1584558/The-Informational-Content-of-Surnames-the?redirectedFrom=PDF. Encontraron que, efectivamente, la población de origen catalán contrae matrimonio principalmente entre ellos, y tienden a ser de clases más altas que los no catalanes. En general, parece haber una cantidad de evidencia significativa (tanto anecdótica como dura) de que la sociedad catalana está dividida internamente sobre un eje etnolingüístico. Pero esta división se solapa con otros ejes en gran medida: clase, educación, ingresos, preferencias políticas, sentimiento nacionalista. Claro que esto es normal: Cataluña ha sido históricamente receptora de inmigrantes del resto de España que tenían que ser asimilados pero tenían unos orígenes sociales y culturales muy diferentes. Cuando dos grupos sociales bien diferenciados viven en el mismo espacio, normalmente no se mezclan. Al igual que ocurre con la raza en los Estados Unidos y casi en cualquier otro sitio. Yo no era consciente, en absoluto, de que esto fuera así.

Pienso que la percepción artificial de una esfera pública catalana homogénea tiene raíces en la confusión entre catalanes y otros españoles. Y es el origen central del proceso de polarización de los últimos años. Si la gente lee periódicos diferentes, no hablan unos con otros, etc. Y si tu entorno no es representativo de la sociedad en su conjunto, es probable que tengas una imagen distorsionada de las cosas. Igual que la gente percibe cosas acordadas en Bruselas por la UE como de alguna manera ilegítimas porque nadie en su país (aunque sí en la unión en su conjunto) está de acuerdo con ellas. Algo parecido ocurre entre España y Cataluña.

Hay una analogía más personal. Durante la última década y media, he percibido (con evidencias anecdóticas) que ha habido un éxodo de una población altamente móvil (especialmente académicos, como son buena parte de mis amigos) debido al conflicto político. He sabido de varias personas que me confirman esta impresión. Barcelona era, y seguramente todavía lo es, un entorno muy cosmopolita. Sin embargo, con la llegada del movimiento secesionista, a todos los académicos se les pedía que tomaran parte. No se les persiguió políticamente ni nada parecido, desde luego, pero el entorno social simplemente se enrareció. Esta situación se ha vuelto particularmente extrema con el referéndum, pero esto lleva ocurriendo un tiempo. Mucha gente, incluso los propios catalanes, se ha declarado cansada  de Barcelona (muchos incluso se han mudado a Madrid). No ha habido una limpieza étnica, pero sí un proceso selectivo que ha actuado solo. Me di cuenta de este fenómeno cuando visite la página web del CREI, un centro de investigación económica. El CREI es maravilloso ya que ha publicado una serie de artículos en la que pide a investigadores punteros que escriban críticas literarias conectadas con su campo de investigación de manera no técnica. Cosas como el CREI son por las que me enamoré de Barcelona, elitistas, de clase alta. Recientemente visité su página donde publican estos artículos (http://www.crei.cat/opuscles). Si miras la página, verás que desde 2012, cuando la coalición nacionalista se puso detrás del ‘proces’, los artículos dejaron de traducirse al castellano. Esto no es un problema en absoluto, ya que también están en inglés. Pero lo considero uno de los símbolos de como algo que debería haberse mantenido al margen del conflicto político, y que tiene una base cosmopolita y no nacional (la investigación económica) se contaminó del conflicto político. Y mi percepción es que esto es probablemente evidencia de un clima más general de hostilidad política. Está claro que esto no es más que evidencia anecdótica, pero esta pieza trata solo de mi experiencia personal y como la he vivido en las dos últimas décadas, no trata de física de partículas.

Recientemente he sido testigo de la disputa en Twitter entre dos personas que solían llevarse bien. Uno estaba del lado unionista, el otro del lado secesionista. Antiguos amigos estaban literalmente insultándose uno a otro. Un amigo mío dijo “Esto se está volviendo personal”. Tras pensarlo un momento dije “¿No fue personal desde el principio?”. Cuando lo dije, no me di cuenta de que la frase me llevaría a escribir esta pieza. Efectivamente, desde el primer momento en que haces pública tu preferencia de no compartir el espacio político con miembros de otro grupo, por que te disgustan sus ideas, como actúan o porque piensas que “No son capaces de entenderte”, lo político se convierte en intrínsecamente personal. El secesionismo trata de con quién estás dispuesto a compartir el espacio político. A quien consideras igual, con quien quieres compartir recursos en el mismo entorno de justicia y derechos. Y, si quieres excluir a un grupo, es porque no te gustan, con consideras que están fundamentalmente equivocados. Las cosas no tienen necesariamente que ser así. Pero en la práctica, es una delgada línea muy fácil de cruzar. Durante la última década he visto a muchos cruzarla.

Conforme las esferas públicas catalana y española divergieron paulatinamente, los ciudadanos a ambos lados se convirtieron en extraños y los malentendidos crecieron exponencialmente. Las clases medias y altas catalanas, que dominan el espacio público catalán, divergieron en sus creencias y en su manera de ver el mundo respecto a sus equivalentes españolas y en cierta medida del resto de la sociedad catalana. Los desacuerdos se convirtieron en confrontaciones y las diferencias escalaron hasta el conflicto, tal y como sucede en general con dos grupos que no se entienden el uno al otro. Al igual que los americanos blancos de extracto rural y clase trabajadora se sienten gobernados por extraños cuando miran al club de millonarios que es el congreso, lo mismo sucedió entre las dos sociedades.

Como decía al principio, visto en retrospectiva, la polarización se ha vuelto muy intensa. O así la veo yo. He tenido conversaciones con amigos catalanes que, al hablar de las últimas dos décadas políticas, parecen vivir en un mundo paralelo al mío. No estoy diciendo que esten equivocados, digo que las cosas se ven de forma completamente distinta a cada lado. Obviamente suelo creer que, por definición, yo estoy en lo cierto y ellos equivocados, si no fuera así modificaría mi punto de vista. El relato y la percepción de las relaciones entre el resto de España y Cataluña son espectacularmente diferentes. La narrativa estándar es que Cataluña ha sido engañada por las élites españolas, que prometieron una reforma del estatuto de autonomía (también conocido como la constitución regional) para después manipular el Tribunal Constitucional para que lo podase. Mi relato, si han leído el artículo que he citado arriba, es muy diferente por supuesto. Veo el secesionismo catalán simplemente como una reacción antiausteridad. Mis amigos secesionistas aseguran estar “oprimidos” o “reprimidos”; aseguran vivir bajo un expolio fiscal por parte de Madrid. Un amigo mío (que no es catalán) me aseguró que hay un patrón de “desigualdad política” (un término utilizado con frecuencia para describir la infrarrepresentación de las minorías en política, y que se asocia a las luchas por los derechos civiles y el derecho a voto), me dijo que debería establecerse algún tipo de compensación. Para mí, es muy difícil ver cómo una de las regiones más ricas, con menos desempleo y menor tasa de pobreza de España puede ser vista en modo alguno como explotada por el resto del país. Me suena a locura cuando miras las estadísticas y las confrontas con las pesadillas que relatan los secesionistas.

Esta idea de infrarrepresentación política es otra de mis favoritas. En realidad Cataluña tiene amplios márgenes de autogobierno. Tan solo algunas competencias quedan fuera, como los impuestos, la defensa y cosas por el estilo. Incluso tienen su propia policía. Cierto es que no tienen competencias en materia fiscal (como sí tienen otras regiones), pero Cataluña disfruta, bajo cualquier estándar, de un elevado nivel de autogobierno. No parece así si te quedas con el relato de los catalanes secesionistas que, sin negarlo, sugiere que hay enormes obstáculos.

La otra queja es que el interés regional está marginado porque el gobierno puede actuar unilateralmente, por ejemplo poniendo límites a la política fiscal. A esto se refería mi amigo con “desigualdad política”. Pero mi percepción es que la influencia de los catalanes, especialmente las clases medias y altas que son las que suelen quejarse, en la política española es enorme: los partidos nacionalistas han sido bisagra históricamente en el parlamento, normalmente a cambio de sustanciosas concesiones. Esto también es verdad en términos históricos: la influencia de las clases medias y altas en la élite ha sido casi monolítica durante el periodo democrático, buena parte del siglo XIX y probablemente también durante la dictadura – aunque es desde luego cierto que la cultura catalana fue reprimida.

Otro argumento que a mi modo de ver es altamente cuestionable es la percepción de que una gran mayoría social está supuestamente a favor de la independencia. Esta mayoría no aparece en las encuestas, aunque sin duda ha crecido dramáticamente en los últimos años. Es más, cuando el Parlament aprobó la ley para organizar el referéndum, los secesionistas tenían una exigua mayoría parlamentaria. El presidente regional reconoció públicamente en una entrevista en TV que simplemente no tenían suficiente apoyo para organizar este proceso con la otra mitad del espectro político catalán. Sin embargo todo esto no es obvio, para nada. El movimiento secesionista está altamente movilizado, viendo las fotos parece que fuera casi unánime. Claro que si eres capaz de movilizar al 20% de la población en una manifestación puedes sin duda causar la sensación de que todo el mundo está ahí, pero la evidencia de que el actual Govern tiene el apoyo de una gran mayoría simplemente no está ahí.

Mi idea favorita de todas promovida por muchos catalanes de izquierdas es que después de la secesión serán capaces de implementar un estado de bienestar altamente redistributivo y reconfigurar completamente la política catalana bajo una hegemonía socialdemócrata. Algunos argumentan que esto será posible toda vez que el supuesto 7% del PIB que se transfiere a otras regiones se quede en Cataluña. Entonces tendrán dinero de sobra. Pero, como ya he explicado, históricamente Cataluña ha estado dividida étnicamente y los nacionalistas son mayoritariamente de clase alta. Lo más probable por tanto es que el partido democristiano que ha gobernado históricamente Cataluña también controlará el sistema, y las políticas serán de corte conservador. No veo visos de una alta redistribución o de que la población hispanohablante se integre más en la esfera pública catalana.

Todas estas cosas son inciertas por supuesto. El problema es que la gente no está segura de ellas.

Todos estos argumentos me recuerdan a la elección de Donald Trump. Después de las elecciones, leí historias de estudiantes que no fueron a clase por estar bajo estrés emocional. A mí esto me sonaba marciano. Las encuestas, aunque equivocadas, habían mostrado consistentemente que una buena parte de la población apoyaba a Trump, un parte incluso mayor que el Partido Republicano. Aún así, después de varios años en Estados Unidos, no conozco a absolutamente nadie entre mis círculos que apoye a Trump. Aún más, he intentado preguntar a americanos si conocen alguno, y lo más frecuente es que no lo conozcan. La desconexión entre la burbuja progresista en que vivo con respecto a la otra mitad del país explica buena parte de lo que ha estado ocurriendo y por qué las élites de ideas globalistas como yo encontramos el fenómeno Trump totalmente ininteligible.

Hasta hace poco no fui consciente de cómo yo mismo había contribuido de alguna manera a este patrón, por haber dejado de discutir este tema en público. En los buenos/viejos tiempos, cuando era más joven, solía pasar mucho tiempo hablando de política. Cuando alguien decía alguna locura le decía que no estaba de acuerdo. Quizás la situación se volviese tensa, pero normalmente la discusión se olvidaba. Una de las personas que más ha influenciado mi manera de pensar es un francés católico y monárquico, que estaba a favor del retorno de la monarquía a Francia. Teníamos intereses parecidos y cierta química personal, y pasamos horas y horas discutiendo sobre política, desde puntos de vista polarmente opuestos: el aborto, la separación de iglesia y estado, la propiedad de los medios de producción, la inmigración. En cada uno de estos temas, imagina las dos visiones más opuestas posibles, estas eran las ideas que confrontábamos. Para mí esta fue una experiencia enormemente enriquecedora, es muy raro discutir con alguien que es al mismo tiempo diferente a ti y lo bastante inteligente para hacerte repensar tus puntos de vista. Suelo pensar que él fue una de las personas que me convirtieron en el nerd que soy hoy en día: si quería “ganar” la discusión tenía que volverme más listo, y así comencé a leer. Hice esto a menudo, con mucha gente y me estimuló enormemente. También me permitió comprender una diversidad de puntos de vista y me enseñó a transmitir los míos.

Pero, como decía, esto cambió con el tiempo. En mi grupo de amigos todos están involucrados en el debate público, pero todos tenemos opiniones sustancialmente similares. La mayoría tienen mejores cosas que hacer que contrastar ideas por Whatsapp en conversaciones eternas. Más importante, el debate sobre Cataluña me aburría. Creo que también a muchos otros. Parecía lo mismo una y otra vez. En lado secesionista la gente era muy activa. Siempre han visto esto como una batalla por la imagen internacional y proyectan, siempre en inglés, lo que considero una imagen altamente distorsionada de lo que sucede. En el lado nacional, estaba el gobierno, un gobierno con el que apenas me identifico, y por motivos políticos y estéticos me es incómodo ponerme de su lado. Y con el gobierno había mucha gente que sí se identificaba con él, lo que supone un entorno donde yo tampoco me sentía bienvenido. Así pues, abandoné la arena política de muchas maneras, pero especialmente en lo que respecta al debate Catalán. Debate que me parecía una locura además. Mis amigos catalanes estaban obsesionados con el tema. Decían cosas que, como he explicado, me parecían extravagantes, y simplemente no apetecía llevarles la contraria, en su lugar enfatizaba aquello que me acercaba a ellos. Siempre es mejor y más fácil rehuir el conflicto personal. Las pocas veces que he hablado con mis amigos sobres estos temas, la cosa ha terminado con un “ no puedes entenderlo por que no eres catalán”.

Llegado un punto, sin embargo, los trenes se acercaron al choque, y la falta de diálogo durante una década se hizo patente. En una conversación reciente, dos amigos míos hablaban del tema. Uno de ellos citó a Desmond Tutu, que decía que si no estás del lado de los oprimidos estás con el opresor. Mi amigo preguntó “¿A quién te refieres con ‘el opresor’?”. Tras un silencio siguió: “¿Quieres decir que los catalanes están oprimidos porque el gobierno central no invierte en infraestructuras?”. La respuesta era un implícito y embarazoso “sí”. Parecía que para mi amigo, el estatus de minoría oprimida de los catalanes era simplemente un hecho, obvio, tan obvio e incontestable como el matrimonio homosexual puede serlo para tí si estudias en el departamento de artes liberales de Berkeley.

En este punto, creo que hay un patrón de inflación argumentativa que ha pasado ampliamente incontestado. La gente habla de la tensión política como de “golpe de estado”, habla de un gobierno de derechas como “fascista”. He llegado a ver comparaciones con el apartheid en Sudáfrica.

Una consecuencia especialmente indeseable de todo esto es que la oposición al secesionismo se ha asociado a la derecha. Históricamente la izquierda ha visto con mejores ojos las demandas de autogobierno pero, sobre todo, ha sido hostil a las ideas de la derecha y por tanto a las posiciones de los gobiernos de derechas. Como resultado, la crítica sistemática a la narrativa nacionalista solo ha partido de puntos de vista conservadores. Esto no se debe en absoluto a que tal crítica no sea posible desde la izquierda. Simplemente no ha sido articulada.

Como pueden adivinar, creo que las ideas progresistas son incompatibles, de la manera más básica, con los argumentos centrales del nacionalismo catalán. Tal y como he argumentado, el nacionalismo tienen la tendencia a ser excluyente y a levantar diferencias entre iguales. No creo que la afinidad cultural debiera ser la base de la ciudadanía en ninguna sociedad abierta. El nacionalismo catalán es, como he explicado, un movimiento dominado por la burguesía, no tanto demográficamente sino en su núcleo y carácter. Su agenda refleja el interés de las clases medias y altas conservadoras de la minoría educada catalanohablante. Pensar en los catalanes como oprimidos en cualquier sentido es esencialmente ridículo, tanto como considerar oprimidas a las rentas altas que pagan impuestos. Las dos ideas centrales de la agenda nacionalista son la limitación de la redistribución territorial y más autogobierno (por ejemplo, sacar del proceso de decisión político a todos aquellos no representados en la política catalana). Ambas cosas – exclusión política y aversión a los impuestos – son rémoras históricas de las organizaciones políticas burguesas del siglo XIX, y tales demandas han permanecido notablemente estables dentro de la política catalana durante siglos. No insinuo que tales demandas no puedan acomodarse dentro de un marco progresista (creo que es difícil, pero posible con algunas concesiones heroicas), pero sí creo que son ampliamente criticables.

Y la crítica ha brillado por su ausencia. Déjenme subrayar la gravedad del asunto: un grupo de gente privilegiada bajo cualquier punto de vista, está reclamando que se les gobierna antidemocráticamente, que están oprimidos y que les gustaría evitar la redistribución y tener mayores cuotas de poder para dirigir su casa. Y sin embargo estas ideas solo se han topado con la oposición de una retórica defensa del “estado de derecho” y con otras ideas que apestan a conservadurismo y nacionalismo español. Sin embargo, gente como yo, y efectivamente yo mismo, nos hemos sentido particularmente incómodos para oponernos a estas ideas. Hacerlo es un poco como apoyar a la derecha conservadora, es aburrido y tremendamente irrelevante ya que los temas que nos preocupan en política son otros, tales como la estructura del estado del bienestar.

Pero, dado que el sentir general reciente en mi entorno en facebook es que España está básicamente en un estado de suspensión de derechos democráticos como mis amigos secesionistas sugieren, finalmente he decidido que, aun a riesgo de perder amigos, es urgente que nos comuniquemos con más frecuencia. Señalaré cuando mis amigos hagan o digan algo que considero profundamente estúpido. Mostraré mi desacuerdo, especialmente en los entornos internacionales en los que voces como la mía tienen una representación asimétrica. Quizás estoy equivocado, pero si lo estoy y no lo discuto con otros, ninguno tendrá consciencia de que la otra parte existe.